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Criar con respeto no significa decir que sí a todo 

hace 5 horas
6 min de lectura

Hablar de crianza respetuosa ha transformado de manera positiva la relación que muchas familias tienen con sus hijos. Hoy entendemos mejor la importancia de escuchar, reconocer las emociones, evitar el miedo como herramienta de disciplina y construir vínculos en los que los niños puedan sentirse seguros para expresarse.


Pero, junto con este cambio, también ha surgido una pregunta importante: ¿dónde están los límites?


Porque respetar a un niño no significa darle siempre la razón. Escuchar sus emociones no significa satisfacer todos sus deseos. Y acompañarlo con empatía tampoco significa evitarle cada frustración.


La crianza respetuosa no busca eliminar los límites. Busca cambiar la manera de ponerlos.


Y esta diferencia es fundamental.


Los niños necesitan adultos, no negociadores permanentes


Los niños necesitan tener voz, pero no necesitan tener la última palabra en todo.


Hay decisiones que corresponden a los adultos porque están relacionadas con la seguridad, el bienestar, la edad o la convivencia. Reconocerlo no contradice una crianza respetuosa. Al contrario, forma parte de ella.


Un niño puede no querer dormir y necesitar irse a la cama.


Puede querer continuar jugando y tener que regresar a casa.


Puede estar muy molesto porque no puede comprar algo.


Puede no estar de acuerdo con una decisión familiar.


En todos esos casos, podemos escuchar, explicar y reconocer lo que siente sin necesariamente cambiar nuestra decisión.


Comprender no significa ceder.


Esta es una distinción sencilla, pero muy importante. Cuando un adulto puede sostener un límite sin invalidar la emoción del niño, está transmitiendo dos mensajes al mismo tiempo: “Lo que sientes importa” y “no todo lo que sentimos determina lo que hacemos”.


Ese aprendizaje será necesario mucho más allá de la infancia.


Un límite también es una forma de cuidado


Los límites ayudan a los niños a entender cómo funciona el mundo que comparten con otras personas.


Hay cosas que pueden elegir y otras que todavía necesitan que un adulto determine por ellos. Hay comportamientos que pueden explorar y otros que no son aceptables porque afectan su seguridad o la de alguien más.


El límite, entonces, no debería ser simplemente una barrera.


Puede ser una oportunidad para aprender.


En Rochester entendemos que educar para la vida implica ayudar a nuestros estudiantes a desarrollar progresivamente la capacidad de tomar decisiones y asumir responsabilidad por ellas. Para que eso sea posible, necesitan adultos que sepan cuándo dar espacio para elegir y cuándo establecer un límite claro.


La autonomía no aparece cuando desaparecen las reglas.


Se construye aprendiendo a tomar buenas decisiones dentro de límites que tienen sentido.


Validar una emoción no significa validar cualquier comportamiento


Esta es quizá una de las distinciones más importantes de una crianza respetuosa.


Todas las emociones pueden ser escuchadas. No todas las conductas pueden ser aceptadas.


Un niño puede sentir rabia. Eso no significa que pueda golpear.


Puede sentirse decepcionado. Eso no significa que pueda faltarle al respeto a alguien.


Puede estar frustrado. Eso no significa que tenga que obtener lo que quiere.


Podemos reconocer la emoción sin justificar la conducta.


“Entiendo que estés muy enojado. No voy a permitir que lastimes a tu hermano.”


Hay respeto en ambas partes de esa frase.


Se reconoce la experiencia del niño y, al mismo tiempo, se establece una frontera clara.


Esto también ayuda a los niños a comprender algo esencial: tener una emoción no nos quita la responsabilidad sobre nuestras decisiones.


La frustración también educa


Como padres, queremos que nuestros hijos estén bien. Por eso, cuando los vemos frustrados, nuestro impulso puede ser solucionar rápidamente aquello que los está haciendo sentir mal.


Sin embargo, no toda frustración necesita ser eliminada.


Hay frustraciones propias de la vida que pueden convertirse en oportunidades para desarrollar recursos: esperar, aceptar un resultado diferente al esperado, negociar, buscar otra alternativa, reparar un error o intentarlo nuevamente.


Esto no significa provocar frustraciones deliberadamente ni pensar que los niños deben “aprender a las malas”.


Significa permitir que vivan experiencias adecuadas para su edad sin intervenir automáticamente para hacerlas desaparecer.


Un niño que nunca puede equivocarse porque alguien corrige antes de que ocurra el error pierde una oportunidad de aprender.


Un adolescente al que siempre le resuelven las consecuencias de sus decisiones tiene menos posibilidades de descubrir cómo tomar una decisión diferente.


Acompañar no significa evitar todas las dificultades.


A veces significa estar disponibles mientras nuestros hijos aprenden a afrontarlas.


Educar para la responsabilidad, no solo para la obediencia



Hay una diferencia importante entre un niño que hace algo porque un adulto se lo exige y uno que empieza a comprender por qué esa conducta es importante.


En el primer caso, la decisión depende de una autoridad externa.


En el segundo, empieza a desarrollarse un criterio propio.


Esta diferencia es especialmente relevante en la educación que queremos ofrecer en Rochester. Desde nuestra mirada de responsabilidad interna, no buscamos que nuestros estudiantes actúen correctamente únicamente porque alguien los está observando o porque existe una consecuencia.


Queremos que puedan preguntarse qué decisión quieren tomar, qué consecuencias puede tener y cómo sus elecciones afectan a otras personas.


Porque llegará un momento en el que nadie estará ahí para decirles qué hacer.


La infancia y la adolescencia son precisamente el momento para practicar esas decisiones en contextos seguros, acompañados por adultos que orientan, ponen límites y permiten cada vez más autonomía.


Respetar también significa enseñar a convivir


La crianza no ocurre únicamente en la relación entre padres e hijos.


Nuestros hijos forman parte de familias, grupos de amigos, salones de clase, equipos deportivos y comunidades. Y en todos esos espacios necesitan aprender que sus necesidades importan, pero que las necesidades de los demás también existen.


Por eso, una educación basada en relaciones de calidad no puede centrarse únicamente en “que mi hijo se sienta bien”.


También debe preguntarse:


¿Cómo estamos enseñándole a tratar a los demás?


En el Colegio Rochester promovemos la Regla de Oro: tratar a los demás como queremos ser tratados. Esto implica comprender que nuestras decisiones tienen un impacto y que la libertad individual convive con responsabilidades hacia otras personas.


Un niño puede expresar desacuerdo.


Puede decir que no le gusta algo.


Puede defender su posición.


Y también puede aprender a hacerlo sin agredir, sin humillar y sin pasar por encima de los demás.


Eso también es respeto.


No todos los límites son necesarios


Poner límites no significa convertir la vida familiar en una lista de prohibiciones.


De hecho, demasiados límites pueden impedir precisamente aquello que queremos desarrollar: autonomía.


Los adultos necesitamos decidir qué asuntos requieren realmente nuestra intervención y cuáles podemos dejar progresivamente en manos de nuestros hijos.


Hay decisiones relacionadas con seguridad y bienestar que nos corresponden.


Pero hay muchas otras que pueden convertirse en espacios para elegir: qué libro leer, cómo organizar parte de su tiempo, qué actividad realizar, qué ropa ponerse o cómo abordar un problema cotidiano.


Darles ese margen no significa perder autoridad.


Significa utilizarla de una manera diferente.


No necesitamos controlar cada decisión para enseñarles a tomar buenas decisiones.


Una crianza respetuosa también sabe decir “no”


Quizás podamos empezar a cambiar la manera en que entendemos esa palabra. 


Un “no” puede ser arbitrario, autoritario y desconectado de las necesidades del niño.


Pero también puede ser claro, razonado y afectuoso.


Puede decir:


“Entiendo que quieras hacerlo, pero esto no es seguro.”


“Sé que estás decepcionado, pero la decisión se mantiene.”


“Puedes estar en desacuerdo conmigo, pero no puedes hablarle de esa manera a otra persona.”


“Entiendo que no quieras hacerlo, y podemos pensar juntos cómo hacerlo de una mejor manera.”


En todos estos casos existe una relación basada en el respeto, pero también existe una responsabilidad adulta.


Y ambas cosas pueden convivir.


El verdadero propósito no es conseguir niños que obedezcan


Educar no debería consistir en conseguir que nuestros hijos hagan lo que queremos sin cuestionar.


Tampoco debería consistir en evitar cualquier conflicto para mantener una relación aparentemente tranquila.


El propósito es mucho más ambicioso: ayudarlos a desarrollar las capacidades que necesitarán cuando tengan que tomar decisiones por sí mismos.


Que puedan pensar antes de actuar.


Que puedan reconocer lo que sienten.


Que puedan considerar a los demás.


Que puedan asumir las consecuencias de sus decisiones.


Que sepan pedir ayuda.


Y que puedan elegir incluso cuando nadie los está mirando.


Eso es parte de prepararlos para la vida.


En el Colegio Rochester creemos que las relaciones de calidad, la autonomía y la responsabilidad interna no son conceptos separados. Se construyen en la vida cotidiana, en las conversaciones, en las decisiones y también en esos momentos en los que un adulto debe sostener un límite aunque el niño no esté de acuerdo.


Criar con respeto no significa decir que sí a todo.


Significa escuchar sin ceder siempre, poner límites sin humillar, permitir elecciones sin abandonar la responsabilidad adulta y acompañar a nuestros hijos para que, poco a poco, puedan hacerse cargo de las decisiones que les corresponden.


Porque la meta no es criar niños que nunca escuchen un “no”.


Es ayudar a formar personas capaces de comprender un límite, expresar un desacuerdo, tomar decisiones y convivir respetando su propia libertad y la de los demás.


Sandra Borrero Ortiz 

Coordinadora de Mercadeo 

Colegio Rochester

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