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El valor de aburrirse: por qué nuestros hijos necesitan tiempo sin estímulos 

hace 2 días
5 min de lectura

“Estoy aburrido”.


Para muchos padres, esta frase activa inmediatamente la búsqueda de una solución. Una actividad, un juego, una pantalla, una salida, algo que llene ese espacio que, en apariencia, no debería estar vacío.


Y es comprensible. Vivimos rodeados de estímulos y nuestros hijos también. Sus días están llenos de clases, actividades, dispositivos, contenidos, compromisos y oportunidades. Queremos que aprovechen su tiempo, que aprendan, que se diviertan y que tengan experiencias que contribuyan a su desarrollo.


Pero quizá hemos llegado a un punto en el que vale la pena hacernos otra pregunta:


¿Y si no todo momento de la infancia tuviera que estar ocupado?


Porque aburrirse no necesariamente significa perder el tiempo. En muchas ocasiones, significa encontrarse con un espacio en el que nadie nos está diciendo qué hacer.


Y justamente ahí puede comenzar algo importante: la posibilidad de elegir.


Cuando no hay nada preparado, aparece la iniciativa


Un niño que tiene una actividad perfectamente organizada sabe qué hacer.


Un niño que tiene un espacio abierto tiene que descubrirlo.


Puede inventar un juego, construir algo, dibujar, leer, salir a buscar a un amigo, observar lo que ocurre a su alrededor o simplemente quedarse pensando. Puede probar una idea, cambiarla, equivocarse y comenzar de nuevo.


Ese proceso, aunque parezca sencillo, tiene un enorme valor para el desarrollo.


La autonomía no se construye únicamente cuando los niños realizan grandes elecciones. Se construye también en esas pequeñas situaciones cotidianas en las que pueden preguntarse qué quieren hacer y encontrar una manera de hacerlo.


En Rochester entendemos la educación como una preparación para la vida, y eso implica mucho más que acompañar a nuestros estudiantes a alcanzar buenos resultados académicos. También significa ayudarlos a desarrollar criterio, autonomía y la capacidad de tomar decisiones responsables.


Por eso, incluso un momento aparentemente tan simple como el aburrimiento puede convertirse en una oportunidad educativa.


¿Qué ocurre cuando siempre encontramos algo para ellos?


Cuando un niño dice “estoy aburrido”, nuestra respuesta inmediata suele ser ofrecer alternativas.


“Ve a jugar”.


“Lee un libro”.


“Mira una película”.


“¿Quieres que te ponga algo?”


Y, por supuesto, no hay nada malo en proponer actividades. El problema aparece cuando sentimos que debemos hacerlo cada vez que surge un momento de vacío.


Porque si siempre existe algo externo que organiza nuestro tiempo, tenemos menos oportunidades para aprender a organizarlo nosotros mismos.


Esto adquiere especial relevancia en una infancia en la que las pantallas pueden ofrecer entretenimiento inmediato y prácticamente ilimitado. Un video lleva a otro, un juego propone el siguiente desafío y una aplicación siempre tiene algo nuevo para mostrar.


La tecnología forma parte del mundo en el que nuestros hijos están creciendo y aprender a utilizarla responsablemente es también parte de su educación. Pero una educación digital saludable no consiste solamente en enseñarles a usar la tecnología. También implica ayudarlos a reconocer cuándo elegirla y cuándo elegir otra cosa.


¿Qué hago cuando nadie me está entreteniendo?


Esa es una pregunta mucho más importante de lo que parece.


El aburrimiento también educa la capacidad de elegir


En el Colegio Rochester trabajamos desde una mirada de responsabilidad interna: buscamos que nuestros estudiantes comprendan que tienen capacidad para tomar decisiones y participar activamente en la construcción de sus vidas.


Esto no significa que tengan que decidirlo todo ni que los adultos dejemos de poner límites. Significa que, dentro de límites claros y adecuados para su edad, queremos que aprendan a elegir, asumir las consecuencias de sus decisiones y encontrar maneras efectivas de responder a las situaciones que enfrentan.


El tiempo libre puede ofrecer un escenario muy natural para practicarlo.


Cuando un niño pregunta “¿qué hago?”, no siempre necesitamos darle una respuesta.


Podemos devolverle la pregunta:


“¿Qué te gustaría hacer?”


Al principio quizá diga que no sabe.


Y está bien.


Porque aprender a elegir también requiere práctica.


Crear también necesita espacio


Hay otra razón por la que el aburrimiento puede ser valioso: deja espacio para la imaginación.


Cuando todo está diseñado de antemano, el niño sigue una propuesta. Cuando existe un poco de libertad, puede transformar aquello que encuentra.


Una caja puede convertirse en una casa. Unos cojines pueden convertirse en una montaña. Una hoja puede convertirse en un mapa. Una tarde sin planes puede terminar en un juego que nadie había imaginado.


La creatividad no siempre necesita más estímulos. En ocasiones necesita menos.


Por eso, no todos los momentos libres tienen que convertirse en una actividad pedagógica ni todo juego necesita tener un objetivo definido.


Los niños también necesitan jugar porque sí.


En Rochester valoramos el desarrollo integral de nuestros estudiantes y entendemos que aprender no ocurre únicamente dentro de una clase. La curiosidad, la exploración, las relaciones y la capacidad de encontrar soluciones también forman parte de cómo los niños construyen conocimiento y comprenden el mundo.


Y sí, también necesitamos hablar de las pantallas


No se trata de convertir las pantallas en el enemigo.


Nuestros hijos crecerán en un mundo digital y necesitarán desarrollar competencias para desenvolverse en él con criterio. El desafío está en que la tecnología sea una herramienta que ellos aprendan a utilizar, y no la respuesta automática ante cada momento de incomodidad o aburrimiento.


Si cada vez que un niño dice “estoy aburrido” le entregamos una pantalla, probablemente resolveremos rápidamente ese momento.


Pero quizá también estaremos perdiendo una pequeña oportunidad para que descubra otra posibilidad.


Puede parecer insignificante.


Una tarde.

Diez minutos.

Un trayecto.

Una espera.


Pero son precisamente esas pequeñas experiencias las que permiten practicar algo que será fundamental durante toda la vida: decidir qué hacer con nuestra atención y nuestro tiempo.


No necesitamos entretenerlos todo el tiempo


A veces, como padres, podemos sentir que un niño aburrido es un niño que necesita algo más.


Más actividades. Más experiencias. Más opciones.


Pero una infancia rica no necesariamente es una infancia completamente ocupada.


También necesita tiempo para conversar sin afán, jugar sin instrucciones, observar, caminar, leer, imaginar, estar con otros y estar consigo mismo.


Y esto también es parte de educar.


Porque en algún momento nuestros hijos crecerán y tendrán muchas horas en las que nadie les dirá qué hacer.


Nadie les organizará cada tarde.


Nadie decidirá qué contenido consumir.


Nadie les dirá cómo resolver cada problema.


Lo que habremos construido con ellos durante esos años será mucho más importante que una agenda perfectamente aprovechada: la capacidad de tomar decisiones y hacerse responsables de ellas.


Acompañar también es saber cuándo no intervenir


En Rochester creemos profundamente en las relaciones de calidad. Y una relación de calidad no significa hacer todo por el otro.


Significa escuchar, acompañar, orientar y confiar.


Por eso, cuando un niño nos dice “estoy aburrido”, podemos aprovechar la oportunidad para conversar, en lugar de sentir que tenemos que solucionar inmediatamente la situación.


“¿Qué se te ocurre hacer?”


“¿Qué cosas disfrutas?”


“¿Quieres estar tranquilo un rato o prefieres buscar algo para hacer?”


Son preguntas sencillas, pero transmiten un mensaje importante:


“Confío en que puedes encontrar una opción.”


Y esa confianza también educa.


El valor de dejar algunos espacios vacíos


En una época en la que tantas cosas compiten por nuestra atención, dejar espacios sin estímulos puede parecer extraño.


Pero quizá necesitamos recuperar algunos de esos momentos.


No para convertir el aburrimiento en otra obligación familiar.


No para prohibir la tecnología.


No para llenar la infancia de reglas.


Simplemente para permitir que exista un poco de espacio.


Espacio para pensar.


Para imaginar.


Para elegir.


Para descubrir.


Para no saber qué hacer y encontrar después qué hacer.


Porque educar para la vida también significa preparar a nuestros hijos para aquellos momentos en los que no habrá una instrucción, una aplicación ni un adulto diciéndoles cuál es el siguiente paso.


En el Colegio Rochester queremos que nuestros estudiantes puedan tomar control de sus vidas con el mundo en mente. Y aprender a decidir qué hacer con un momento de tiempo libre, aunque parezca algo pequeño, también forma parte de ese camino.


Quizás la próxima vez que escuchemos “estoy aburrido”, no tengamos que correr a solucionarlo.


Podemos respirar, sonreír y responder:


“Puede ser. ¿Qué crees que podrías hacer?”


Tal vez en ese pequeño espacio de no saber qué hacer empiece justamente una nueva idea.



 Sandra Borrero Ortiz 

Coordinadora de Mercadeo 

Colegio Rochester

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