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Jugar no es perder el tiempo: así aprende un niño 

hace 7 horas
4 min de lectura

En una cultura que valora tanto la productividad, incluso la infancia puede parecer demasiado llena de actividades. Clases, tareas, deportes, idiomas, actividades extracurriculares y agendas cuidadosamente organizadas. En medio de todo esto, el juego puede parecer aquello que hacemos cuando ya terminamos de aprender.


Pero para un niño, jugar no es lo que ocurre después del aprendizaje. Muchas veces, es precisamente la manera en que aprende.


Cuando un niño juega, explora posibilidades, toma decisiones, prueba ideas, negocia con otros, resuelve problemas, crea reglas y descubre qué ocurre cuando cambia algo.


Por eso, en el Colegio Rochester entendemos el juego como una experiencia fundamental para el desarrollo integral, especialmente durante los primeros años.


Jugar también responde a lo que necesitamos para estar bien



Desde el enfoque de William Glasser, las personas tenemos cinco necesidades básicas: supervivencia, amor y pertenencia, poder, libertad y diversión. Estas necesidades están presentes a lo largo de nuestra vida y también hacen parte de la manera en que los niños se relacionan con el mundo y aprenden.


El juego ofrece oportunidades naturales para satisfacerlas.


Cuando un niño juega con otros, construye vínculos y siente que pertenece. Cuando logra algo que se propuso, experimenta el poder de sentirse capaz. Cuando puede elegir qué hacer y cómo hacerlo, desarrolla libertad. Y cuando disfruta, ríe, imagina y descubre, encuentra un espacio para la diversión.


Incluso la supervivencia, relacionada con el bienestar y las condiciones básicas para estar seguros y saludables, constituye el punto de partida para que todas las demás necesidades puedan desarrollarse.


Por eso, jugar no es simplemente entretenerse. Es una experiencia en la que el niño puede sentirse conectado, capaz, libre y disfrutando de lo que hace.


Jugar es aprender a tomar decisiones


Una de las características más importantes del juego es que permite que el niño tenga un papel activo.


Puede decidir qué quiere construir, cómo hacerlo, qué personaje representar, qué regla cambiar o qué camino seguir. Puede equivocarse y volver a empezar sin que el error signifique el final de la experiencia.


Esta posibilidad de elegir y experimentar está profundamente relacionada con nuestro proyecto educativo.


En el Colegio Rochester buscamos desarrollar progresivamente la responsabilidad interna, entendida como la capacidad de reconocer que nuestras decisiones importan y que podemos participar activamente en la construcción de nuestra vida.


El juego ofrece un escenario natural para comenzar a desarrollar esa capacidad.


En el juego también se aprende a convivir


Cuando los niños juegan juntos, aparecen situaciones que ningún adulto necesita inventar para ellos: alguien quiere cambiar la regla, otro no está de acuerdo, uno tiene una idea diferente, alguien debe esperar su turno o necesitan encontrar una manera de continuar después de un desacuerdo.


Todo esto es aprendizaje.


En el Colegio Rochester damos un lugar fundamental a las relaciones de calidad, porque entendemos que aprender a relacionarnos también es parte de la educación para la vida.


El juego permite practicar la escucha, la colaboración, la negociación, la empatía y la resolución de conflictos de una manera concreta y significativa.


Y también permite experimentar algo muy importante: que no siempre podemos obtener exactamente lo que queremos, pero podemos encontrar maneras de continuar juntos.


Jugar desarrolla pensamiento y creatividad


Construir una ciudad con bloques, inventar una historia, transformar una caja en una casa o encontrar una nueva manera de jugar un mismo juego requiere mucho más que imaginación.


El niño está anticipando, comparando, formulando posibilidades, resolviendo problemas y modificando sus ideas.


Esta manera de aprender está muy relacionada con la propuesta pedagógica del Colegio Rochester, en la que buscamos que los estudiantes sean participantes activos capaces de preguntar, explorar, crear, relacionar y encontrar soluciones.


En experiencias como las CBC (Community-Based Curriculum), el aprendizaje también parte de preguntas y situaciones que conectan el conocimiento con contextos reales. El juego comparte algo esencial con esta mirada: invita al niño a involucrarse y a construir significado a partir de lo que hace.


El juego necesita tiempo y también libertad


Para que el juego tenga todo este valor, no necesita necesariamente juguetes sofisticados ni actividades diseñadas permanentemente por un adulto.


A veces necesita algo mucho más sencillo: tiempo y libertad para decidir.


Un espacio con materiales sencillos puede convertirse en una construcción, una tienda, un laboratorio, una nave espacial o cualquier otra cosa que la imaginación proponga.


En esos momentos aparece una pregunta muy importante para la educación:


¿Qué hago cuando nadie me dice exactamente qué hacer?


Esa capacidad de iniciar, decidir y encontrar posibilidades es una forma temprana de autonomía.


En el Colegio Rochester queremos que nuestros estudiantes desarrollen progresivamente esa capacidad: no depender siempre de una instrucción externa para comenzar, sino aprender a observar, proponer, decidir y actuar con responsabilidad.


Jugar también prepara para la vida


A veces pensamos que preparar a los niños para el futuro significa llenar su tiempo de aprendizajes formales. Sin embargo, la vida les pedirá mucho más que conocimientos.


Les pedirá crear soluciones cuando no exista una respuesta evidente, relacionarse con personas diferentes, manejar la frustración, tomar decisiones, adaptarse a los cambios y aprender continuamente.


Muchas de esas capacidades comienzan a desarrollarse mientras juegan.


Por eso, en el Colegio Rochester la educación para la vida no empieza cuando los estudiantes son adolescentes ni cuando llega el momento de escoger una carrera. Comienza desde los primeros años, cuando aprenden a relacionarse, explorar, preguntar, decidir y descubrir el mundo.


Y también cuando tienen la posibilidad de jugar.


Tal vez por eso, cuando un niño está jugando, la pregunta no debería ser solamente “¿qué está haciendo?”, sino también:


“¿Qué está aprendiendo mientras lo hace?”


Quizás esté aprendiendo a imaginar una posibilidad, a resolver un problema, a escuchar a otro, a manejar una frustración, a sentirse capaz, a tomar una decisión o simplemente a disfrutar de estar con otros.


En el Colegio Rochester creemos que educar para la vida también significa proteger el tiempo para jugar, porque allí se encuentran muchas de las experiencias que ayudan a un niño a crecer con autonomía, construir relaciones de calidad y desarrollar una vida en la que pueda encontrar felicidad y éxito.


Porque jugar no es perder el tiempo.


Es darle a la infancia un espacio para pensar, crear, relacionarse, decidir, disfrutar y descubrir, a su propio ritmo, quién puede llegar a ser.



Sandra Borrero Ortiz

Coordinadora de mercadeo

Colegio Rochester


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